Algo que se nos olvida es que el conocimiento, de ser algo tangible y físico, no se almacena indefinidamente, y de ser así, ese conocimiento es muy parcial en la mayor parte de los casos o Total en unos pocos que se convierten en sabios al llegar a la ancianidad. Todas las personas desde la infancia hasta la vejez tenemos nuestra propia curva. Cuando niños somos una esponja: absorbemos de todo lo que nos rodea, estamos ansiosos por aprender. Cuando jóvenes el cerebro se frie en su propio jugo, cual zumo de oliva con una gran carga hormonal. Podríamos decir que mucho de ese conocimiento aprendido se olvida. La madurez generalmente nos ofrece una mejor capacidad para el razonar y en la senectud viene el olvido pero también en los afortunados y sabios: la calma. Sólo quedan, en aquellos que apostaron por aprender, los brillantes que hemos atesorado cuales gemas que sobresalen en la kimberlita de nuestro saber.
El verdadero aprender por tanto, es algo dinámico y abierto. Un sistema que se nutre de su propia apertura al mundo que le rodea. El auténtico aprender es sólo una actitud pues sometido a los vaivenes biológicos va y viene. El profesor debe tener esto en cuenta e intentar que el alumno aprenda la emoción por aprender, que al tratarse de una emoción y no de un concepto parece que deja una impronta indeleble en nuestro ser . En la práctica docente estamos continuamente planteando, ¿cómo es posible que no sepas este o aquel contenido? En las conversaciones agoreras de los claustrales siempre oímos la misma letanía. Nuestra desesperanza, sobre todo en la Secundaria, proviene del hecho biológico de la adolescencia, en el que el organismo sujeto a los cambios "mareales" y hormonales olvida aprendizajes memorísticos o incluso mecanismos de cálculo obvios. Se olvidará de las partes de una flor o de las reglas básicas de la aritmética. Sin embargo, la emoción no decae, más resistente a los cambios entrópicos de tal edad, aguanta y es más: se refuerza, permanece y sirve de cristal nucleador de futuras construcciones del conocim¡ento. Nuestra tarea, por lo tanto, será la del poeta que pretende desatar esas emociones en el lector. Nuestros alumnos, compañeros de aprendizaje, pues ellos también nos trasmiten sus emociones, tendrán la suerte de un buen profesor si somos capaces de sentir esa emoción, nosotros docentes, por aprender. Aunque llegado este punto hay que advertir algo que todo el mundo sabe: las emociones son contagiosas, de ahí la depresión que en ocasiones los adolescentes originan en el docente, dada la fuerza entrópica que contagian. En la madurez la entropía mental es catastrófica, no tanto en la adolescencia, que rara vez es depresión sino sólo transformación y revolución constante.
El profesor que "transmite" no necesita sino libertad de cátedra y aquél que no "transmite" ni con el temario más ajustado ni la programación más estricta habrá de ser capaz de nada. Tengámoslo en cuenta, desde la legislación no podemos cambiar nada o muy poco de nuestra Educación.
Tan sólo desde el cultivo de la cultura y desde la promoción del conocimiento podemos actuar sobre el sistema educativo. Las iniciativas dirigidas a cambiar la escuela desde arriba están abocadas al fracaso, tan sólo cambiarán la escuela aquellos interesados en la Persona, por una persona del siglo XXI, persuadida en la búsqueda e interesada en la "consciencia" del mundo que le rodea, que haya aprendido a aprender observando y surfeando por el mundo cambiante que nos ha tocado vivir.
Somos profesores en la práctica, no de gabinete, ni en la teoría ni tan siquiera en la normativa. Desde este punto de vista, y desde la escuela que me inspiró un día como a Stenhouse o a Elliot o McKernan, inscrito por lo tanto en la investigación y en la acción, pido y pido recursos, pero recursos a mi alcance y al del profesor innovador. Financiación para proyectos, que permitan al docente crear sus grupos de investigación y de acción en el aula, dineros para formación que no los administren siempre los "otros", potestad para dirigir la formación de nuestros propios compañeros "aprendices de brujo", que hoy en día, recae de facto en otros ámbitos de poder.
El profesor de Secundaria necesita emanciparse, decidir sobre el currículo, ampliar hasta hacerla real su "libertad de cátedra", esforzarse mucho más, despabilándose en las tareas de investigación, porque la escuela acabará cambiando y la cambiará el profesor comprendiéndola.












