Este tiempo estaba muy loco, quizás el cambio climático, quizás una fluctuación en un sistema complejo. Lo que es cierto es que el espíritu del otoño ha llegado al río Henares.


Como cada año la estación ha dejado su impronta en las márgenes de nuestro río. La hojarasca comienza a recubrir los caminos, los álamos, olmos, fresnos y ya los más avanzados espinos, han cambiado el color de sus hojas, algunas han pasado a un hermoso dorado, que reluce ante el persistente sol que desde su acomodaticia ecliptica recorre más rasante el firmamento alcalaíno, otras tapizan el suelo maltratado del angosto camino.

El martes recorrimos un pedazo de río Henares, desde el puente de la Oruga hasta un hermoso cortado de los "morros" del Henares desde donde observamos las nidificaciones de rapaces, con su blanco delator, fruto del funcionamiento digestivo. Vimos una rapaz, el ratonero, que insistia en su hábito circular, buscando presa sin duda urbana.

Descubrimos los retazos de olmeda de nuestro árbol autóctono que queda como reliquia de tiempos pretéritos donde protagonizaba la vida rural. Comido por la grafiosis, nos dejó esta singular recuerdo, ¿se recupera?. Un fresno todavía nos daba su sombra en estos tiempos. Había bayas de Osyris, rojas, escasas que coloreaban junto con los escaramujos, casi "tapaculos" por su astringencia de una rosacea, el crataegus o espino.

Es posible que la mariposa de la col, estuviera esperándonos porque se dejo fotografiar, traviesa en un alarde al sentir de nuestros pasos.

La verdad es que podríamos y debemos disfrutar de nuestro Henares, es una deuda que tenemos con nosotros mismos los que habitamos esta ciudad patrimónica. El acceso al río no está sucio es... suciedad, el paseo por el camino todavía sobrevive pero los recuerdos latíferos de amores ocultos pueblan su trayecto. Pero la belleza es fuerte, la belleza que el espíritu del otoño ha traido es invencible, mis chicos y yo lo vimos y lo sentimos.
Gracias, Henares.

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